Es una escena común en cualquier parque o sala de estar moderna: dos niños (o un padre y su hijo) comienzan a forcejear, rodar por el suelo y reír a carcajadas mientras miden sus fuerzas. Inmediatamente, salta la alarma de un adulto cercano: «¡Parad ahora mismo! ¡Alguien va a terminar llorando! ¡Eso es muy brusco!».
Vivimos en la era de la «crianza suave», donde hemos priorizado la seguridad física y emocional hasta el punto de esterilizar el entorno de desarrollo de nuestros hijos. Hemos confundido la agresión con la intensidad, y la violencia con el juego físico.
Sin embargo, la neurociencia evolutiva y la sabiduría ancestral nos dicen algo radicalmente diferente: al detener ese juego de lucha, conocido en inglés como «Roughhousing», no estamos protegiendo a nuestros hijos; estamos privando a sus cerebros de la clase más importante sobre empatía, límites y autocontrol que jamás recibirán.
No se trata de fomentar la violencia. Se trata de entender que el cerebro humano necesita experimentar la intensidad física en un entorno seguro para aprender a regularla.
LA ESCUELA DE LA EMPATÍA FÍSICA: LO QUE NOS ENSEÑAN LOS MAMÍFEROS
Si observas a cualquier mamífero social —leones, lobos, chimpancés— verás que los cachorros pasan la mayor parte de su tiempo luchando. Se muerden sin herirse, se persiguen y se inmovilizan. La naturaleza no desperdicia energía en comportamientos inútiles. Este juego es un imperativo biológico.
El difunto neurocientífico Jaak Panksepp, pionero en la neurociencia afectiva, descubrió que el juego brusco activa circuitos cerebrales específicos en los mamíferos jóvenes que son cruciales para el desarrollo social. Panksepp demostró que las ratas jóvenes a las que se les impedía jugar de esta manera crecían con «déficits sociales severos», siendo incapaces de interpretar las señales de sus compañeros y reaccionando con agresividad real o miedo excesivo ante situaciones nuevas.
En los humanos, el proceso es idéntico. El suelo de la sala de estar es el laboratorio donde el niño aprende la física de los cuerpos y la ética de la interacción.
EL GIMNASIO DE LA CORTEZA PREFRONTAL: APRENDIENDO A FRENAR
¿Qué ocurre exactamente en el cerebro de un niño de 5 años cuando su padre lo atrapa en un abrazo de oso juguetón?
Activación del Sistema Simpático: El niño se excita. Su adrenalina sube, su corazón se acelera.
La Necesidad de Regulación: Para que el juego continúe siendo divertido, el niño no puede perder el control y empezar a golpear de verdad. Aquí es donde entra la Corteza Prefrontal, encargada del control de impulsos.
El Cambio de Marcha: El niño debe aprender a «pisar el freno» neurológico en mitad de la excitación. Debe modular su fuerza para no hacer daño a su padre o hermano.
Como señala el psicólogo clínico Dr. Jordan Peterson, los niños que participan en juegos bruscos aprenden la diferencia visceral entre ser asertivo y ser agresivo. Aprenden a leer el lenguaje corporal del otro: «¿Sigue siendo divertido o me he pasado?».
LA ÉTICA DEL PODER: POR QUÉ EL PADRE DEBE «DEJARSE GANAR»
Una parte crucial del roughhousing, especialmente entre un adulto fuerte y un niño pequeño, es el concepto de «auto-discapacidad» (self-handicapping). El padre debe contener el 90% de su fuerza para que el juego sea justo y divertido. Debe dejarse derribar de vez en cuando.
Esto enseña dos lecciones vitales:
Al niño: Le da confianza en su propia capacidad física («Soy fuerte, puedo influir en mi entorno»).
Al padre: Enseña la lección moral más profunda: tener la capacidad de hacer daño, pero elegir no hacerlo. Una persona inofensiva no es virtuosa; una persona peligrosa que mantiene su poder bajo control voluntario, sí lo es.
LAS REGLAS DEL JUEGO VITALIZATE: CÓMO HACERLO SEGURO
El roughhousing no es un caos sin reglas. De hecho, es la mejor manera de enseñar reglas y consentimiento bajo presión.
El Protocolo de Juego Seguro:
El Entorno: Siempre en una superficie blanda (alfombra gruesa, cama grande o césped).
La Regla de Oro (Consentimiento): Estableced una palabra de seguridad (puede ser «¡Basta!» o «¡Stop!»). Si CUALQUIERA la dice, el juego se congela instantáneamente. Esto enseña que su voz tiene poder y debe respetar los límites del otro.
Prohibiciones Claras: Nada de golpes en la cara, nada de agarrar del cuello, nada de morder.
CONCLUSIÓN: EL ABRAZO FINAL
El juego brusco siempre debe terminar de la misma manera: con una vuelta a la calma y la conexión. Después de la adrenalina, un abrazo fuerte libera oxitocina (la hormona del vínculo) y reduce el cortisol.
No reprimas su instinto de luchar. Canalízalo. Estás construyendo un cerebro adulto resiliente, empático y controlado.
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🔗 FUENTES BIBLIOGRÁFICAS
Jaak Panksepp: Affective Neuroscience: The Foundations of Human and Animal Emotions.
Jordan Peterson: 12 Rules for Life (Rule 11: Do not bother children when they are skateboarding / Roughhousing research).
BDNF & Play: Research on Brain-Derived Neurotrophic Factor and social play in mammals.






